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Y llovía, Llovía.


Ayer en un conocido Mall de la ciudad fui testigo de un hecho, el cual obnubiló mi mente. Un joven caminaba con una gran y hermosa rosa natural de color rojo la cual sostenía con ambas manos mirándola fijamente. Y Llovía. Este se desplazaba tristemente distraído por el lugar, errático, solitario y taciturno. Pasó lentamente cerca de mi y de los que conmigo estaban como a quien le faltan las fuerzas para conducirse tomando asiento en un lugar cercano. Y Llovía... llovía. Miraba la natural flor con tal tristeza y dolor tal vez en intento de extraer una respuesta mística a su dilema almático... y llovía... llovía... llovía. Observamos que hasta una lágrima se deslizaba por su pueril rostro. Y allí estábamos presenciando aquel desolador cuadro del joven con el corazón destrozado ante aquella flor que tal vez la mujer que amaba le despreció y con el cual la natura se solidarizaba... llovía. Quien sabe donde estaría ella en aquel momento... o si acaso conocería del afligir amoril que el mancebo acusaba en aquel aciago instante.
Lo cierto es que el, allí estaba ¡protagonizando su propio rdículo! al lado de todos nosotros y en todo el medio del centro comercial. 
Llegué a una inevitable conclusión: Macho se respeta no regala flores, y si lo va a hacer, primero las mete en una bolsa...

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